Un nuevo curso, un nuevo enfoque

Si hay algo que no se le puede negar en absoluto a las nuevas tecnologías es que han permitido un nuevo escenario para la educación, creando opciones reales para un verdadero y necesario cambio. Lo que aún está por aclarar es su peso final en el nuevo programa que acabe resultando.
Los esfuerzos deberían ir en ese sentido, creo. El debate entre tecnologías sí o tecnologías no es improductivo; nos encontramos en un estadio superior de la reflexión sobre Educación. No deberíamos dejar que se aprovechen de ese error aquellos que buscan el inmovilismo que les permita trabajar poco aunque obtengan malos resultados.
Hasta ahora, los casos que he visto que no han funcionado han venido provocados por un mal planteamiento, una falta clara de recursos o un sistema anticuado de evaluación de las aptitudes del estudiante. No son fracasos del docente, sino planteamientos en los que debemos buscar los fallos para no volver a repetirlos al intentarlo de nuevo. Se apela a la falta de preparación de los alumnos para criticar y no aplicar cambios, muchas veces obviando las altas tasas de fracaso escolar que tenemos. Al parecer no se quiere confiar en esos estudiantes brillantes (que muestren su verdadero potencial creativo, más allá del memorístico) a los que se teme no preparar bien y se ignora a aquellos que fracasaban con el sistema antiguo y parecen mejorar con el nuevo. Quizá por el verdadero temor de muchos docentes: su propio fracaso y la falta de capacidad personal para llevar a cabo los cambios.

Un ejemplo. En el colegio de mi hijo se ha probado durante un tiempo el trabajo por proyectos y se ha acabado desestimando. La razón oficial es que no llegaban preparados a las pruebas finales (diseñadas por el ministerio según el sistema antiguo e ineficaz que ya conocemos). Sin embargo, no hay que investigar mucho para descubrir la falta de interés y la desconfianza de buena parte de los docentes, pese a la buena predisposición inicial del equipo directivo que permitió probar el cambio.

Cuando hablo de trabajo por proyectos no lo estoy confundiendo con las TIC, simplemente es un ejemplo de lo difícil que es innovar en Educación. Aunque es cierto que muchos de estos proyectos serían difíciles de desarrollar sin las mencionadas TIC. Muchos sabemos que la innovación no es incluir las nuevas tecnologías en la educación sin más. La innovación es más antigua que las tecnologías que se intentan aplicar a la educación con mayor o menor éxito, pero insisto en que estamos viendo también que los cambios pueden ser más rápidos por la facilidad de ponerlos en marcha, consiguiendo resultados antes. En mi trabajo siempre he defendido los resultados como vía para el cambio y esto obliga a saber dar marcha atrás cuando algo no funciona. Ahí está el miedo de los equipos directivos: equivocarse. ¿El dinero? No, este no es su miedo, ¿acaso no pierden dinero manteniéndose en lo de siempre cuando esto no funciona? No, el miedo es equivocarse y no saber reaccionar.

No soy un gran admirador del llamado “coaching” educativo que empieza a inundarnos, pero es cierto que se pueden tener muy en cuenta algunas de las ideas que predica (todo en su justa medida puede ayudar). Traigo aquí un enlace sobre ideas e innovación que me parece interesante.

En definitiva, el cambio solo puede funcionar si los docentes entienden que es necesario, cueste lo que cueste (sin actuar perjudicando gravemente al estudiante). No se debe contemplar un cambio radical, sino la explotación de las distintas vías que ofrece la tecnología y que a muchos les ha permitido pensar que se puede cambiar a algo mejor.

Una clase de ELE en Madrid
En el ámbito ELE en el que desarrollo mi trabajo, la posibilidad de hacer que un estudiante sea capaz de realizar una compra o un simulacro real en línea, entrando en contacto con vocabulario, funciones y conflictos habituales para cualquier nativo creo que no es comparable a decenas de sesiones con explicaciones gramaticales y ejercicios repetitivos artificiales. No son prescindibles en su totalidad, pero cualquier profesor con experiencia estará de acuerdo en que esas largas discusiones con los alumnos sobre las reglas gramaticales, más propias del estudio filológico que del aprendizaje de lenguas, son muy infructuosas y desaniman más que ayudan. La puesta en práctica en entornos naturales de manera lo más real posible consigue un efecto mucho más positivo.
He empezado esta entrada hablando del sistema educativo en general, pues creo que este lastra mucho el modo en que afrontamos los profesores de español la enseñanza de nuestro idioma y resta eficacia a su aprendizaje. Sin embargo, no podemos perder el norte, y eso es lo que pretendo día a día en mi trabajo, avanzar en el cambio desde la reflexión, pero sin abandonar la convicción de que el docente debe evolucionar constantemente. Arrancamos aquí con un nuevo curso en el que este blog, ahora sí, se convertirá en el diario de un cambio. Y en ello estamos, ¿no?
Créditos de la foto: MEH
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