Emoción… eres tú.

Llegado noviembre, uno se pone melancólico, filosófico o poético. ¡Qué le voy a hacer! Somos las experiencias que vivimos y a veces no alcanzamos a ver cómo se conectan unas con otras para marcarnos el camino a seguir.
Hoy inicio esta entrada inspirado por algo que contemplé hace unos días: un niño que descubre los versos de un poeta escritos en las losetas de una calle de Madrid y que se entretiene descubriendo otros más que en su camino van apareciendo. Unos versos me han llevado a otros del mismo autor y todo me ha indicado el camino a seguir para dar forma a la idea que ha dado lugar a esta reflexión. Al menos eso es lo que quiero pensar, pues lo importante es el resultado de todo este proceso. Ahí va.
Hablamos tantas veces ya de la emoción en los estudiantes que hay quien empieza a sentirlo como una obligación, sin pararse a pensar en lo incompatible de unir ambos términos: emoción/obligación. La emoción no se obliga, se despierta. Cuando ese niño del que hablaba antes encontró las letras doradas de unos versos sobre el hormigón en la calle descubrió algo que sin ayuda de ese original canal no le habría llamado la atención. Era algo totalmente nuevo para él y eso activó su emoción por aprender. Si alguien le hubiera obligado a leer aquellos versos en un libro, probablemente no habría conseguido el mismo resultado. La curiosidad es inherente a los seres vivos, nos dicen los expertos; es fundamental para mantenernos vivos, por lo que solo hay que colocar la información de la manera más llamativa posible a la espera de “pescar” aprendientes.
Con todo esto, debemos poner el foco en el docente como facilitador de la motivación y convencernos de que si el propio profesor no se emociona, no podrá transmitírselo al aprendiente.
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Una calle de Madrid.

El canal orientado a la emoción.

Si profundizamos en el contexto educativo, donde el estudiante requiere de las emociones para aprender, se entiende que necesitamos un canal efectivo para transmitir la información. Este bien podría ser alguna herramienta tecnológica -empiezo a resistirme a hablar de nuevas tecnologías como ente abstracto y poco descriptor-. Elijo este canal simplemente porque está presente en la vida diaria de muchos de nuestros alumnos, pero decía más arriba que lo que había llamado la atención del niño era lo original del canal a través del que descubrió los versos. Es decir, no solo debe ser eficaz como canal sino llamativo, atrayente. ¿Qué tiene de original la tecnología para esos alumnos que se levantan y acuestan pegados al móvil? Mucho, no nos equivoquemos. ¿Acaso no están acostumbrados a andar por la calle? Fue allí donde el niño de este artículo encontró el mensaje. Lo original no era la calle, sino utilizarla como papel, como libro, como canal de cultura.
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El canal a través del que plasmar la idea es importante.
Estamos de acuerdo en que el enfoque orientado a la acción es la herramienta perfecta para el aprendizaje hoy en día, bien llevada a la práctica. El problema, como digo, es obligar a la acción, por lo que necesitamos usar las emociones, darle una vuelta de tuerca a ese enfoque para que a través de nuevos canales se produzca el proceso de aprendizaje.

La tecnología es una herramienta más.

Por eso necesitamos la tecnología, como medio atrayente para acceder al  conocimiento. Para muchos, el término “nativo digital” no es tan definidor como se pensaba, pues conocemos a muchos jóvenes que, usando día a día la tecnología, desconocen gran parte del potencial que tiene, limitándose a unas cuantas redes sociales y poco más. Pero, ¿estos estudiantes son conscientes de que pueden aprender mucho español usando distintas aplicaciones cotidianas que al mismo tiempo les pueden hacer más fácil la vida en este idioma? Esto no es nuevo y no vengo a descubrir algo que, por ejemplo, José Ramón Rodríguez (jramonele.blogspot.com) y Ricardo Torres (rinconprofele.blogspot.com.es) plasmaron ya en un taller sobre el uso del móvil en el aula hace unos años en un Encuentro Práctico para profesores ELE de la editorial Edinumen en Madrid.
Lo que toca ahora es diseñar experiencias en las que los estudiantes sientan la necesidad de crear su propia trayectoria de aprendizaje, gracias a esas aplicaciones y otros medios (no solo tecnológicos) que les resulten relevantes. La forma de conseguir esas experiencias es ponerse en su piel, recopilar la informacion necesaria -el small data, que decía en mi última entrada en este blog-, situarla en el contexto en el que vive el estudiante y dejar que sea él mismo quien decida el camino a seguir. Esa es la verdadera forma de personalizar el aprendizaje, dejando que el alumno actúe como necesita hacerlo en su vida diaria. ¿Solo en un contexto de inmersión lingüística? Claro que no, el contexto no tiene por qué ser siempre el de vivir en un país donde se hable la lengua meta, sino tener la necesidad de usar dicha lengua. Si tenemos en cuenta que hoy la Red nos permite acceder a los sitios que nos interesan, estén a cuantos kilómetros estén del punto donde nosotros accedemos a ellos, la inmersión lingüística se puede acercar al estudiante para lograr su motivación.
Para mí, dos buenos ejemplos de lo que puede ser emocionar en el aula de ELE, usando la tecnología en su justa medida, personalizando la experiencia de aprendizaje, evaluando todo el proceso para mantener la motivación y corregir posibles fallos antes de que sea demasiado tarde, etc., pueden ser Living Madrid Comillas, llevado a cabo por José María Rodríguez y Paloma Manzanera en la Univesidad Pontificia Comillas en Madrid, y Cagliari de Noche, de Héctor Ríos con sus alumnos en Cagliari (Cerdeña).

El efecto espejo.

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Descubrir las propias emociones.
Concluyendo, todo esto no se logra sin emoción. No se consigue emocionar al estudiante si no se transmite la emoción por aprender que, en realidad, siempre ha estado ahí, desde niños. A un profesor se le exigen muchas cosas, pero sobre todo creatividad. Esta se debe trasladar al alumno para que active sus emociones buscando lo que desea, el aprendizaje de una lengua, en este caso que nos ocupa. Hay mucho por investigar aún sobre este tema (Serrano-Puche). Si obligamos a los estudiantes a hacer cosas y a que tengan ese mínimo de emoción que es necesario para llevar a cabo determinadas tareas, no lograremos que realicen esas tareas. La forma de recordar a los alumnos esa emoción que siempre han tenido guardada es mostrársela en nosotros mismos. Solo podemos recurrir al efecto espejo.
Así -y pido perdón de antemano por perpetrar esta herejía-, podemos acabar diciendo a esos profesores que reclaman emoción a sus alumnos …
¿Qué es emoción?, dices mientras clavas
en mi atención tu atención.
¿Qué es emoción? ¿Y tú me lo preguntas?
Emoción… eres tú.

«¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.»

Gustavo Adolfo Bécquer

Bibliografía:
Serrano-Puche, J. (2016). Internet y emociones: nuevas tendencias en un campo de investigación emergente [Internet and Emotions: New Trends in an Emerging Field of Research]. Comunicar, 46, 19-26. https://doi.org/10.3916/C46-2016-02

 

Créditos de imágenes:
Foto verso Bécquer en la calle. http://www.elespigon.com/
Foto pizarra. Pixabai. https://pixabay.com/es/la-escuela-antigua-placa-1223873/   CC0 Public Domain
Foto rana ante el espejo. Pixabai. https://pixabay.com/es/users/Alexas_Fotos-686414/    CC0 Public Domain
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